miércoles, 25 de abril de 2012

Las Teresas


El aire que se respira por las escaleras que la llevan al cuarto piso apesta a incienso y a humedad, pero tiene poderosas razones para estar ahí. Ni siquiera la posibilidad de encontrarse a una de sus amistades le intimida... A pesar de eso, lleva gafas oscuras y un largo abrigo negro.

Llama a la puerta; se demoran en responder. Siente la mirada a través del ojo mágico. Se acomoda las gafas y gira la vista, nerviosa.

-Buenas tardes –saluda una mujer alta, morena, de cabello rubio, muy maquillada.Descripción: trans
-Buenas tardes –saluda con cortesía, sin poder ocultar la impresión.
-¿Su nombre? –pregunta al tiempo que ladea la cabeza. La mira frunciendo el ceño hasta intimidarla, quizás hasta hacerla vulnerable a algún embrujo.
-Teresa –suelta después de un suspiro cardíaco.
-Adelante, por favor –se aparta de la puerta y sonríe ampliamente.

Teresa se siente extraña, tanto por lo que está haciendo como por la conducta de la mujer. Piensa en irse...

-Mi nombre también es Teresa –comenta la mujer que la recibe.
-¿En serio? –pregunta con temblor.
-Asiento –la invita, sin responder.

La sala es especialmente pequeña, las paredes se encuentran forradas de cortinas ondulantes, oscuras, atigradas, rojas. Sobre la mesa está el manojo de cartas. Lo reconoce, porque Sandra le habló de ello.

-Dime, querida, ¿qué quieres saber?
-La verdad –suspira-, necesito que me haga un favor.

La otra Teresa asiente con maldad y Teresa, extrañamente, comienza a sentirse cómoda. Lo piensa un minuto y se asusta, pero ya está ahí.

-¿Qué tipo de favor?
-Es mi hijo. Creo que es...
-Usted no lo cree, está segura, de lo contrario no estaría aquí.
-Bueno, si lo pone de ese modo, sí. Estoy segura.
-Y ¿está segura que quiere hacerlo?
-Por supuesto. Cualquier cosa antes que la vergüenza de tener a un hijo así.
-Él no tiene nada de malo –comenta distraídamente-, todo lo contrario.
-No me importa, yo no pienso como usted. Su matrimonio fue arreglado y ya no hay vuelta atrás.
-Como usted diga, señora...

Extiende un mantel negro, que termina de alisar con las palmas de sus manos. Coloca una vela al centro y la rodea de piedrecitas, todas color café, excepto una, que es redonda y negra. También pone una blanca, pero la deja en un extremo.

-¿Trajo la foto?

No se arrepentirá. Antes preferiría verlo muerto.

-Aquí está.

La otra Teresa ensarta la foto con un alfiler y la clava en la vela. La llama, que nace amarillenta, se vuelve azul, roja, crece y baila, amenazando con salirse de control.

-No temas, lo está reconociendo.
-¿Quién? ¿Quién lo está reconociendo?
-Un Ángel, mija. Un Ángel.
-¿Un Ángel? Y ¿usted quiere que crea que hay Ángeles que se dedican a hacer brujería?
-Así es. Los Ángeles, todos ellos, en un principio eran esencialmente buenos, ya no todos los son.
-Entiendo...
-Está hecho. Son cien mil.
-Teresa no duda que así sea. Le paga y se pone de pie.
-Sólo una cosa antes que se vaya.
-¿Qué cosa?
-Es posible que tenga pesadillas, por unos días.
-No se preocupe, puedo manejarlo.

Teresa abandona el edificio sintiéndose bien, libre, más viva que antes… contrario a lo que se podría imaginar, pero situaciones de esta índole carecen de lógica alguna.

Mientras tanto, a varias cuadras de ahí, en el cuarto piso de un antiguo edificio céntrico, Rodrigo llora amargamente. Su madre, antes de salir, le dijo cuales eran sus pretensiones y fue clara al especificar lo que estaba dispuesta a hacer para que se cumplieran sus deseos.

Teresa enviudó a una edad temprana y con un solo hijo se convirtió en la única heredera de la fortuna de su difunto esposo.Descripción: trans

Su boda, como la de la mayoría, había sido arreglada al momento de nacer, sólo que a ella nunca le importó... Sabía que las mujeres pasaban por eso, que era normal casarse con un anciano repulsivo, enfermo y degenerado. Pudo haber llorado, huido de casa o enfermado, como otras jovencitas de su edad, pero ella siempre fue diferente, fría, calculadora.

-¡Rodrigo! ¿Dónde estás? –En cuanto deja la cartera lo llama revisando cada una de las habitaciones.
-Aquí, madre –responde, de pie en la puerta de su recamara.
-¿Estuviste llorando? –pregunta en un reproche.
-No –miente con descaro.
-Me parece bien. Los hombres no lloran.

Sabe como provocarlo y él se deja caer en el juego de las odiosidades.

-Mentira.
-¿Qué dijiste?
-Que es mentira. Los hombres si lloran ¿o no me ves?
-Tú no eres hombre…
-Si soy.
-Un hombre no se revolcaría con otro hombre –le espeta con recelo-. Enfermo desviado –vomita entre dientes.
-Tú no sabes…
-¿Que yo no sé? Escúchame bien, porque es la última vez que hablo del tema. Te vas a casar con Mercedes, vas a hacerla muy feliz y me vas a dar muchos nietos –avanza apuntándolo con un dedo- ¿te queda claro?
-No quiero –susurra con la cabeza gacha.
-¿Qué dijiste?
-¡Que no quiero! ¡No me voy a casar con nadie!
-Tú harás lo que yo te diga.

Rodrigo mueve la cabeza y sonríe mientras las lágrimas se deslizan por sus mejillas.

-¿De qué te ríes, imbécil?
-Hablé con Mercedes. Lo sabe.

Teresa se transforma, pasando por toda la gama de tonalidades de la ira, y lo obliga a levantar la mirada de un solo golpe.

-¿Cómo te atreviste? –le increpa a empujones- ¿Quieres destruirme la vida?
-¡Déjeme! –grita, incapaz de seguir conteniéndose- Ya no soy un niño.
-¿Crees que no lo he notado? –nuevamente levanta la mano y vuelve a golpearlo en la cara.

Rodrigo no se inmuta, al contrario, acumula tanta rabia que Teresa se ve intimidada.

-No vuelvas a tocarme, por favor no vuelvas a hacerlo.

Teresa retrocede.
-Quiero que tomes el teléfono y le pidas disculpas. Dile que fue una broma, una mentira, que tenías miedo, no sé. Inventa algo, pero de aquí a mañana quiero que este tema esté resuelto.

La noche llegó de prisa, pero él no ha podido conciliar el sueño, debatiéndose entre lo que su madre le exige que haga, como siempre, o escaparse con Danilo…

No puede respirar. Intenta enderezarse, pero una presión en el pecho no lo deja moverse. Abre los ojos, por segunda vez, y recorre el cuarto sin poder ver nada. Está todo oscuro, neblinoso y alguien a los pies de su cama lo vigila. La silueta que lo observa es alta, no distingue formas, pero no es necesario. Nadie puede verle el rostro…

...El dolor es demasiado real para ser un sueño.

Busca con la mirada el crucifijo en su velador. Quiere llamar a su madre, pero las diferencias que hay entre ellos hoy son insostenibles.

-¿Qué quieres? –tartamudea al hablar.

No hay voz. No hay nada, incluso cesa el dolor.

La sombra retrocede y se queda de pie al lado de la cama.

-¿Qué quieres? –trata de enderezarse.Descripción: trans

La cama comienza a vibrar, primero lento y luego con violencia. Procura, por sobre todas las cosas, aferrarse a ella, pero no lo consigue y casi de inmediato se ve saltando en el contratiempo de los azotes. Tampoco le salen los gritos que se quedan atascados en su garganta, como un nido de palabras que muere antes de llegar a sus labios.

Teresa, del otro lado de la puerta, escucha el escándalo. Ha tratado de entrar, más la puerta no se abre... "Esto no estaba en sus planes"...

-¡Rodrigo! –Grita desesperada- ábreme la puerta.
-¡No puedo! –al oír compungida la misma voz que durante la tarde lo insultara, estallan las lágrimas en sus ojos y le sale la voz- ¡Ayúdame, por favor!

Cada uno lucha en el lado que se encuentra, separados por una puerta que se alza cual muro de terror.

Teresa, en su interior sabe que esto no es casualidad y teme que vuelva a repetirse, o que no se detenga.

Rodrigo no está lejos de la verdad, pero se niega a creer lo que piensa.

-¿Quién te envió? ¡Respóndeme! –pregunta confundido.
La cama se detiene, la puerta se abre de golpe y Teresa cae arrodillada en el piso, envuelta en una manta roja. El baile de las cortinas acompaña la despedida de la sombra que se esfuma y Rodrigo percibe la culpa en el aire.

-Mamá, ¿qué fue eso?

Teresa se demora en contestar, porque no sabe qué decir. Es una mujer dura, pero le cuesta mentir.

-¡Perdóname! –y no puede contra el remordimiento y el dolor de ver sufrir al hijo único que le dio la vida- no quería que esto pasara, solamente quería que dejaras de ser... como eres...

Aún no se levanta y Rodrigo la observa desde la cama.

-No puedo cambiar. No es una opción para mí -el dolor da paso a la serenidad que le brinda la razón.
-¡Lo sé! –llora descontrolada- ¡Siempre lo he sabido! ¡¡Pero prefiero que me mientas y me digas que lo lograste, a ver como te mata esta sociedad!!

En la oscuridad sus ojos se buscan, hasta que él salta de la cama y corre a sus brazos.

Lo que quedó de la noche transcurrió a sobresaltos. Teresa volvió a su cuarto y Rodrigo se quedó solo. Necesitaba pensar en las palabras de su madre. ¿Podía cambiar?, ¿realmente podría hacerlo? Ya lo había intentado muchas veces y jamás logró vencer sus sentimientos. Durante años consiguió reprimir sus deseos, haciéndose el tonto, fingiendo interés en la hija de alguna de las amigas de su madre para no responder al compromiso que ya existía desde la muerte de su padre, pero ahora todo era diferente... porque había alguien.Descripción: transUn alguien con nombre... Y todo se ha tornado más complicado aún desde que supo que Ándre, un amigo cercano a la familia, intentó acabar con su vida frente al Templo, agobiado por la misma razón que él lo está ahora. Observa la foto de Danilo que guarda bajo el colchón y se duerme con ella apretada contra el pecho.

Teresa se levantó temprano. Tenía que ir a ver a la otra Teresa y deshacer lo que hizo. Una parte de ella deseaba que Rodrigo renunciara a ese amor adolescente pero la otra sólo quería verlo feliz.

Recorrer nuevamente la escalera ya no le provocaba satisfacción, le aterraba.

-Hola, querida. Adelante –saludó.
-Te exijo que detengas lo que le estás haciendo a mi hijo –le lanzó, en respuesta a su saludo.
-Yo no tengo que deshacer nada. Fuiste tú.
-¿Yo?
-Sí, tú.

Se quedan mirando.
-Pasa, no atiendo a mis clientes en la puerta.

Teresa vuelve a entrar al pequeño colorido cuartito y ocupa la misma silla.

-Ahora dime, ¿qué pasó? –su rostro refleja paz y confianza.
-Anoche, un demonio atormentó a mi hijo.
-Es parte del proceso...
-¿No puede ser de otra forma? ¿Tiene que ser con dolor?
-Todos los cambios suponen dolor. No es algo que se pueda eludir.
-Entonces no quiero continuar con esto. Haz que se detenga.
-Tampoco puedo hacer eso... a menos que ofrezcas a "otra" persona en su lugar.
-¿Ofrecer? Yo no le vendí mi alma a nadie, ¿de qué hablas?
-Acceder a un favor de este tipo –le sostiene la mirada, inquebrantable- supone un contrato. Es... implícito. No hay que firmar nada.
-¿Qué quieres decir? No estoy segura de comprenderte.
-Tú o él –sentencia con firmeza.
-Escúchame bien, Teresa. Si no haces que esto se detenga te vas a arrepentir. Tú no sabes con quien estás tratando. Puedo hacer que te arresten, que te pudras en prisión.

La otra Teresa ríe por lo bajo, entrelazando los dedos.

-¿De qué te ríes? Me siento tan estúpida...
-Lo lamento. No soy yo quien pone las reglas.
-Entonces dime con quien tengo que hablar.
-Con el Diablo...

Regresa a casa decepcionada de sí misma, por ilusa, por creer que el problema de Rodrigo tiene solución. ¿Será necesario hablar con el Diablo? ¿Existe el diablo? ¿Tiene su propia consulta? Por favor...

Ignora si los eventos de la noche anterior se repetirán nuevamente. Le asusta que así sea, pero no por eso tiene miedo de la otra Teresa, o del "Diablo".

Rodrigo, muy temprano, recibió una llamada y ahora prepara su maleta.Descripción: transDejará el hogar, el refugio, la fortaleza que construyó su madre, aunque siente temor de dejarla sola. Quizás "eso" regrese y esta vez la víctima sea ella. La ama por sobre todas las cosas y pensar en su sufrimiento lo quiebra.

Las cortinas comienzan a moverse, primero lento, luego con violencia. Levanta la vista alertado por los golpes de los objetos que comienzan a caer. Sabe que esto tiene relación con lo de anoche. Se levanta y observa con rabia e impotencia el comienzo del caos. En pocos segundos pareciera haber un torbellino de chatarra dando vueltas por la casa. Sólo los muebles más pesados están en su lugar, aunque se mantienen temblando en su sitio.
Las palabras no salen, se atascan, como le ha pasado antes. Los ojos se inundan a causa de la cobardía, de querer hacer y no hacerlo, de levantar el espíritu y volar, sencillamente volar.
La puerta de entrada se abre y llega Teresa corriendo a su cuarto. Se observan, cada uno al lado del abismo que comienza a abrirse a sus pies. En ella no hay más reacción que una mano en su boca, que calla la culpa y sujeta la voluntad de saltar y entregarse en sacrificio de amor.

Pero el amor no siempre salva o libera, otras veces ata. Rodrigo lo sabe.

Sombras inundan la habitación. Vienen de abajo, lo rodean todo, arañando con sus huracanes lo poco que permanece en pie. También a él...

Está desnudo, absorto. Por primera vez, y cuando el caos es mayor fuera de las paredes del cuerpo que en su alma, tiene ojos para sí y no le gusta lo que ve. Los vientos desatan una furia mayor, Teresa lo mira, lo admira y no lo reconoce. Sin embargo, es él. El mismo, el de siempre, el que ella nunca ha querido reconocer.

Ella por fin lo entiende, en este último momento, y se arroja a sí misma al torbellino de fuego que emerge de las grietas. Él la observa, y aunque entiende que jamás volverá a verla no puede llorar. Su dolor no es más justo que el juicio de Dios, o la venganza del Diablo.

Quizás cuando amanezca y descienda de la nube de dicha que ahora lo envuelve sufra, pero no en este momento. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario