En alguna medida ayudó haberse confesado unos con otros, pero a su vez impulsó un cambio en la estrategia de los opresores. Mostraban una nueva cara y se habían adaptado a las condiciones geográficas que les fueron asignadas, obedeciendo a la organización de cada principado y a la necesidad de tener un cuerpo permanente. Por eso, los avistamientos variaban dependiendo de la región y también los mitos que se originaron a partir de entonces. Por ejemplo, en zonas cercanas a la costa desarrollaban apariencia femenina pero con cola de pez en lugar de piernas (también se hablaba de serpientes y monstruos gigantes que residían en la profundidad del mar), en las cuevas rocosas de las montañas subyacentes moraban los cadáveres-vampiro, quienes durante el día dormían como murciélagos y de noche se alimentaban de sangre humana. Más lejos de los pueblos, en las depresiones de los cerros, se hallaban grupos solitarios de seres ermitaños a quienes la luna llena hacía cambiar. Cualquiera los habría confundido con hombres rudimentarios, pero nada en ellos lo era; ni hombre, ni común. De aquí surgieron muchas leyendas, de la experiencia paranormal que un individuo tuvo la oportunidad o desdicha de vivir, y aún cuando los hombres no quieran admitir la limitación propia de su especie, es necesario aclarar que la fantasía no es más que la negación de la verdad y que toda mitología nace a partir de un hecho verídico, distorsionado por el tiempo, y por ellos mismos, pero real; muy real.
Contrario a todo lo que se podría esperar que sucediera, por la fuerza de la costumbre o la resignación, el fenómeno dejó de ser considerado un hecho y pasó a ser visto como una absurda fábula de la que ellos mismos se burlaban. Si saber que no eran los únicos atormentados había acallado el terror o si haber roto el silencio obligado y encontrado un denominador común a su alrededor les había hecho creer que la normalidad regresaba, nadie lo sabe. La mente suele impulsar movimientos que a simple vista no tienen una explicación coherente a la que el transcurso del tiempo da sentido, por lo tanto también podía ser una defensa invisible generada por el cerebro la que estimulara el conveniente olvido. Fue así que los hombres juraron que todo había terminado, pero la verdad era cruda y desalentadora. No era tan simple deshacerse de los demonios, los pactos suponen obligaciones y derechos, y no se pueden romper arbitrariamente. Tampoco son por escrito; es una cuestión de palabra.
Alejados de los bares y cantinas, donde solían congregarse en torno a la noticia, aparentaban naturalidad, rehuían el tema y por las tardes formaban grupos para regresar de las faenas en el campo. Haberle dado la espalda al miedo, ante todo, dibujaba una ilusión y por un breve tiempo recuperaron en parte la armonía que añoraban, salvo por un aspecto: los niños. De pequeños decían ver cosas, escuchar voces o tener amigos que sus padres no podían ver. Esto contradecía muchas creencias, como que los menores de edad fueran ángeles, que jamás serían atormentados por un demonio y muchísimo menos poseídos. No obstante, la realidad se proyectaba frente a ellos impalpable, ofreciéndoles la cruel posibilidad de compartir las largas noches de insomnio como un mero espectador. Y fue este hecho que los llevó a admitir que esa batalla no la ganarían solos, y también fue así como se declaró la guerra. Nadie podía echarse atrás y el ataque de los demonios se intensificaba. Las noches en ningún otro tiempo fueron tan horribles. Los adultos amanecían acompañando a los pequeños, sujetándolos a la cama mientras se convulsionaban, recogiendo vómito, lavando sábanas, vendando heridas o, simple y desesperadamente, mirándose entre ellos en busca de un signo de esperanza. Anhelando, más que cualquier otra cosa, el perdón de los demonios; que el Enemigo revocara el castigo que estaban recibiendo. Hubieron muchos momentos agrios. Madres a mitad de calle ofrecían a gritos sus miserables vidas a cambio de la de sus hijos, familias enteras abandonaban todo para irse a otra ciudad, lo más lejos posible, sacrificaron animales, ofrecieron ofrendas e hicieron todo lo que no debían hacer. El sentimiento de culpa hacía bajar la vista a los responsables, mas eso tampoco ayudaba, porque con el Enemigo no se podía transar; no pocos lo habían intentado. De la rivera opuesta al problema se erguían los conservadores, que exhortaban al grupo de turno que intercambiaba opiniones, fumaba un cigarrillo o tomaba un respiro lejos de los gritos y la impotencia. Ellos sostenían que lo ocurrido era producto de la ira del Dios Único, y que tan solo si se volvían a Él serían salvos… Normalmente ignoraban las gratuitas reprimendas de aquel grupo, pero en esta ocasión escucharon; sólo el Dios Único podía socorrerles. Con esa idea en mente, a la que también se aferraban con el corazón, emprendieron el camino de regreso. Reconocieron que la seguidilla de fracasos había sido necesaria para darse cuenta que antes de caer en las redes del Enemigo un error aún más terrible habían cometido, un error que desnudaba la facilidad con que se dejaban seducir y le eran infieles a quien siempre les había ayudado. El arrepentimiento les devolvió la cordura y por primera vez en muchos años sintieron que el mayor de los sentimientos, el amor, motivaba el proceso de liberación con el que renunciaban a todo lo malo que les había dejado la fatal aventura.
El Dios Único, que hasta entonces tenían abandonado en los recuerdos, en los milagros experimentados en la privacidad de su hogar o en el improvisado Templo donde solían congregarse, en las enfermedades curadas cuando los médicos no dieron esperanzas y en muchos otros favores por los que no pidió nada a cambio, tampoco esta vez guardaría resentimiento. Su política consistía en olvidar, sencillamente olvidar. Vivir nuevamente el perdón verdadero y la restauración de sus almas les ayudó a darse cuenta que, aún cuando durante un tiempo creyeron haberse beneficiado de la “ayuda” que les brindaron los demonios salieron perjudicados, porque de aquella relación, en realidad, sólo se había beneficiado un ser. Todo lo conseguido se esfumó y mejor habría sido soportar la necesidad; pensaban contrariados por su estupidez
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